Oscar D’León: salsero eterno
Los amantes de la salsa pueden sentirse tranquilos: cinco meses después de sufrir tres ataques cardiacos consecutivos durante un concierto ofrecido en la isla de Martinica, Oscar D’León, uno de los artistas más renombrados del género, se encuentra aparentemente en excelente estado físico, anímico y creativo.

Eso es al menos lo que se pudo ver y sentir el último miércoles en el Hollywood Park & Casino de Inglewood, durante el más reciente concierto que el sonero venezolano de fama mundial ofreció en California.
D’León recurrió a un extenso show en el que no sólo volvió a imponer la inconfundible capacidad de su voz, también demostró que no ha dejado de ser un verdadero vendaval en el escenario.
Luego de una animada actuación de la orquesta angelina de Johnny Polanco, que siempre sabe calentar los cuerpos en esta clave de eventos, D’León apareció sonriendo y apoyado únicamente en su micrófono, sin tener que regresar al uso del bajo eléctrico, instrumento que aseguró emplearía ahora más para forzar un menor desplazamiento en el tabladillo y darle descanso a su corazón.
Se presentó ante sus seguidores con un atuendo sencillo que, desde el inicio, contrastó con las vestimentas negras que llevaban sus 13 músicos, en una clara muestra de vitalidad y permanencia.
No tuvo necesidad de aludir a los hechos del pasado reciente y, en realidad, tampoco necesitó un discurso mayor sobre cualquier tema, porque lo que hace el sudamericano —como él mismo lo ha señalado siempre— es música para bailar y divertirse.
Sin embargo, la creatividad de su arte no puede limitarse a los devotos de las pistas de danza, porque si bien al inicio de su presentación pudo verse a un sector del público que se limitaba a observarlo con interés sin dedicarse al movimiento, era evidente que dicha actitud no respondía a la desidia, sino al deseo de algunos espectadores de prestarle total atención a los festivos pero complejos sonidos que surgían del escenario, remarcados por una vibrante sección de vientos que a veces se dejaba llevar por las destrezas del jazz.
“El León de la Salsa” es, sin dudas, un maestro de lo popular; no sólo en lo que corresponde al folklore de su propia tierra (presente en las creativas versiones de Alma llanera y Caballo viejo), sino también en lo que respecta a su interés por la música que se ha hecho en diferentes países latinos, empezando por la obligatoria referencia al son cubano de El manicero y llegando incluso hasta la recreación de La flor de la canela, un célebre vals peruano.
La interpretación de un repertorio tan variado (en el que se destacó un pronunciado homenaje a la desaparecida Celia Cruz) no significó, por cierto, que el artista tuviera que alterar la composición típicamente tropical de la agrupación que lo acompaña desde hace casi 10 años, porque todas sus versiones pasaron exitosamente por el velo de la “salsa dura”, un término que quizás no se presta para ciertos conjuntos que se dedican más a reproducir un sonido tradicional pese a lo complejo de su propuesta, pero que le cae bien a un músico que por su contundencia interpretativa se relaciona a veces con ciertas notables vertientes de la escuela neoyorquina de los 70.
Abriendo su set con una prueba de sus propios talentos compositivos —el inolvidable tema Llorarás—, el ex integrante de Dimensión Latina mantuvo siempre el tono bailable en sus interpretaciones, bajando sólo la intensidad de manera radical para entonar algún bolero.
Aunque tenía entre manos un lanzamiento discográfico bastante reciente (el de su disco Infinito), prefirió dejar de lado los temas de dicha placa para ofrecer una selección mucho más variada y francamente democrática en términos regionales, ya que se preocupó, por ejemplo, de no dejar de lado a los compositores colombianos al darle rienda suelta a canciones tan típicas de dicho país como Cali y Soy colombiano.
Aunque no es colombiano, cubano ni peruano, lo que quizás genere en algunos un cuestionamiento ante tanta actitud “paternalista”, con más de 30 años de carrera Oscar D’León podría darse tranquilamente el lujo de proclamar que sus interpretaciones son casi universales.
Si no lo creen, tendrían que haber visto la mirada de algunos latinos que no se animaban a mover las piernas, pero cuyos ojos observaban con sorpresa y envidia los esmerados pasos de baile que muchos anglosajones llevaban a la práctica en la compañía de las más seductoras jovencitas de la platea, bajo el influjo de un sonido seductor que sólo puede ser obra de un auténtico gigante.
Aunque el show contó con un intermedio que no es habitual en las presentaciones del venezolano, quien solía permanecer en el escenario sin moverse a lo largo de dos horas, D’León compensó la brecha al redondear un espectáculo que, sin tiempos muertos, superó la duración tradicional de sus conciertos.
No se puede terminar sin decir que el protagonista de la velada no es sólo un orquestador de grandes momentos musicales (labor que, finalmente, le puede corresponder a un director de orquesta), sino también un cantante de gran valor: secundado por los típicos coros nasales que han sido el sello de sus composiciones, el venezolano siguió valiéndose de una voz profunda y clara para entonar las letras que figuran en el papel y, lo que resulta de suma importancia en el género que maneja, para “sonear” e improvisar permanentemente con una facilidad pocas veces lograda.
Finalmente, el hecho de que algunos varones se encontraran errantes entre las mesas que se alejaban más de la tarima se debía también a que un generoso contingente de las damas presentes se agolpaba ante el estrado mismo, sin despegar la vista de un ídolo que, con 60 años cumplidos y una vitalidad sorprendente, se ha vuelto eterno.