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Agotadas las manos de Ray Barreto en su homenaje

LAS COLABORACIONES de Rubén Blades, Tito Gómez, Adalberto Santiago, Tito Allen y Ray de la Paz con la orquesta de Ray Barretto se remontan a dos y tres décadas atrás.
Los años no transcurren en vano y el cansancio y la pérdida de recursos del “Rey de las manos duras” son evidentes.

La afición salsera de la Isla del Encanto, sin embargo, tuvo que esperar hasta la noche del pasado sábado para presenciar el reencuentro de estos talentosos soneros con el legendario percusionista de ascendencia puertorriqueña.

El concepto del concierto “Toda una vida”, veinte años atrás y con Barretto en plenitud de condiciones y su orquesta atravesando por su mejor momento, hubiese sido un espectáculo memorable, como el celebrado en 1976 en el Beacon Theater, con los cinco cantantes (Ray de la Paz en los coros) y virtuosos como Orestes Vilató, Tito Puente, Artie Webb, El Negro Vivar, Roberto Rodríguez y muchos otros.

Pero ya no es lo mismo. Los años no transcurren en vano y el cansancio, el agotamiento y la pérdida de recursos del “Rey de las manos duras” son evidentes. Eso se reflejó en el desempeño de la orquesta Puerto Rican Masters que, como el motor que pierde potencia y afecta el desempeño de una maquinaria, se escuchó fría en algunos arreglos, errática en la acentuación de los movimientos rítmicos de otras y carente de intensidad en la lectura de los mambos durante la primera parte del programa.

Ninguno de los arreglos estuvo al nivel de presentaciones previas del conguero de 75 años, como el show Las vidas de Ray Barretto, celebrado en el umbral del 90 en el Teatro de la Universidad. La Puerto Rican Masters, banda del sello de Aníbal Jover, quien produjo el evento junto a Leo Tizol, es dirigida por Perico Ortiz e integrada por músicos como Humberto Ramírez, Miguel Rodríguez, Elliut Cintrón, Luis Aquino y Mariano Morales. Son lectores consumados y solistas respetados, pero el sábado les faltó el corazón y la “malicia” que le sobró a la orquesta que Elías Lopés configuró junto a Eric Figueroa, Edwin Clemente y varios de los ex músicos de Barretto para el concierto del 50 aniversario celebrado en 2001 en el anfiteatro Tito Puente.

MUSICALMENTE, LA propuesta de Toda una vida fue una mediocridad que salvaron los cantantes y la participación esporádica de Giovanni Hidalgo en las congas. A través de la velada, que dio inicio con una hora de demora, el sonido fue deficiente debido mayormente a las inconsistencias del sonidista en la mezcla y ecualización de los instrumentos.

Barretto ya ni siquiera es la sombra de antaño y, por su salud, podría considerar acogerse al retiro como hizo Mongo Santamaría. En sólo tres años, la pérdida de facultades y recursos ha sido muy dramática.

El sábado, ciertamente, la afición fue partícipe de un relevo de generaciones. En números como El hijo de Obatalá y Canto abacuá, Hidalgo demostró que es el percusionista del presente y el futuro, por lo que es oportuno que organice una banda y grabe su primer disco de salsa.

La exhibición de fotos y pietaje de las presentaciones de Barretto, suministrada a la producción por el coleccionista Roberto Padilla Viera, abonó al elemento nostalgia, tornando más obvio el marcado contraste entre la lentitud y los movimientos a cámara lenta de Barretto con su aplastante y dinámico ataque de antaño.

El concierto fue un éxito taquillero, no hay duda. Decenas de personas no lograron acceso al Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón. Curiosamente, el espectáculo se celebró el 26 de junio, justo en el decimosexto aniversario del intento de suicidio de Héctor Lavoe al lanzarse del noveno piso del Hotel Regency, tras la cancelación -una noche como la del sábado en el Rubén Rodríguez- de un espectáculo de salsa con su orquesta y la de Ray Barretto, entre otras.

Tras la discreta entrada de Barretto en la descarga Cocinando, el desfile de soneros comenzó con Ray de la Paz, quien se anotó una irresistible interpretación del guaguancó Amor artificial de Tite Curet Alonso, autor a quien -a pesar de las restricciones de ACEMLA por la ejecución pública de su obra- Tito Allen, Tito Gómez y Rubén Blades recordaron al entonar El hijo de Obatalá, Testigo fui y Vale más un guaguancó.

Ovación en las postrimerías

El sonido no favoreció a los cantantes, pero en medio de la estridencia y el desbalance en la mezcla, Tito Allen se creció con Llanto de cocodrilo mientras Adalberto Santiago hizo lo propio con Vive y vacila de Tito Puente, Bruca maniguá del cubano Arsenio Rodríguez y una versión, de otra errática lectura de los metales, del bolero Alma con alma.

La primera ovación se produjo casi en las postrimerías del concierto cuando Tito Gómez, tras cantar el son montuno Vine pa´ echar candela, entonó a dúo con Rubén Blades la versión que en 1975 grabaron con la orquesta de Barretto del éxito Guararé de Los Van Van.

Blades, quien llegó al coliseo con su padre Rubén (éste bailó con Roberto Roena), subió al escenario pasada la medianoche, evocando los días de gloria de Barretto en El Corso con sus sabrosas interpretaciones de Ban ban quere, Vale más un guaguancó y Canto abacuá.

Al concierto, en reconocimiento a la trayectoria de Ray Barretto, asistieron Roena, Bobby Valentín y Gilberto Santa Rosa, quien presenció el concierto desde la arena y a solicitud del líder se unió al elenco de cantantes para sonear en Qué viva la música, composición del fenecido trompetista Roberto Rodríguez cuya mejor interpretación en vivo sigue siendo la grabada en el Beacon Theater, noche en que Orestés Vilató y Tito Puente se enfrascaron en la descarga de timbales más enloquecedora de la historia.

Aunque bastante extenuado, al final de la jornada Ray Barretto se marchó visiblemente complacido mientras, de seguro, hoy son muchos los salseros de la mata que restauran su sentido de la audición escuchando y reescuchando sus discos.

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